Hagamos rico al señor de seriesyonkis


– Erase una vez que se era un país donde el máximo entretenimiento de la juventud se había convertido en que le contaran historias a través de mágicos espejos.

– Eso es bueno, papá, ¿no?

– Y tanto, que es bueno. El problema es que esas historias debían ser escritas por bardos casi siempre mal pagados.

– ¿Y por qué era un problema?

– Porque la juventud había decidido negarles esa malpaga y poco a poco los bardos fueron desfalleciendo, tragándose las ganas y la tinta con las que narraban extraños sucesos y dedicándose a otros quehaceres que si les dieran para comer cada día…

– ¿Y por qué lo hacían?

– Por muchas razones… la principal, tal vez fuera, porque los nobles que habían ofrecido sus mágicos espejos a los bardos para narrar sus historias habían vendido demasiado caras las narraciones desde hacía tiempo, o porque los habían maltratado cortando las historias cuando ellos deseaban o poniéndolas a la horas de sus apetencias o simplemente porque ansiaban más y más historias y sus pecunias no llegaban para pagar tantos autores…

– Pues que mal lo pasarían… ¿Qué pasó luego?

– Decidieron vender su atención a un ladrón llamado Seriesyonkis que comerciaba con su atención y a cambio les obsequiaba con historias robadas a casi todos los bardos.

– Yo si fuera bardo me enfadaría… ¿Se enfadaron los bardos papá?

– No, ellos siguieron escribiendo a sangre y tinta… mientras más ladrones chupaban del elixir de sus plumas a cambio de nada…  Y no sólo les robaban a ellos, sino a todo aquel que ayudaba a los bardos a trasmitir sus palabras de fantasía, ya fueran con espejos mágicos, alzando una voz portentosa para que todos oyeran las palabras de la nueva quimera o a aquel que trasportaba el escenario de villa en villa.

– ¿Y qué hicieron los jóvenes?

– Siguieron pidiendo más relatos. Mejores historias a cambio de nada. Porque para ellos el elixir de las plumas era de tan sencilla obtención que no necesitaba de educación, práctica o comida para mantenerlo o mejorarlo… De hecho, cuando los bardos ya fueran grandes o pequeños, pidieron ya no pecunias por sus palabras sino que no se pagara a aquellos que les robaban… los jóvenes les apedrearon…

– ¿Y qué pasó?

– Los más afortunados bardos emigraron, los ya ricos se retiraron y los menos afortunados se hicieron cortesanos de 8 a 8 y en las noche de soledad siguieron exprimiendo sus sueños en busca de un público que además de escucharles, los cuidase…

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