Premios a la nada


– Érase una vez que se era un país cercano en un tiempo no tan lejano, en el que los premios rara vez se entregaban por méritos y muchas veces las agendas y amistades eran las culpables.

– ¿Culpables de qué, papá?

– De no enarbolar talentos sino intereses. De alabar popularidades y no calidades.

– Entonces, ¿para que servían los premios?

– Depende del premio… Por ejemplo, los micrófonos de oro son el monumento a un viejo árbol, tirando a caduco.

– ¿A un árbol?

– A un Olmo. Los premios Del Olmo eran una manera de dar publicidad a su ciudad, pero tenían poco valor como trofeo.

– ¿Por qué?

– Porque no se entregaban a los mejores, sino a los populares…

– Bueno, pues es un premio a la popularidad.

– El problema es que no se premia a los populares sino a los populares con la agenda libre.

– ¿Y que otros trofeos había en ese país?

– Muchos e incontables. Algunos de ellos, muy importantes, siempre bajo la sospecha de darse por afectos más que por méritos.

– ¿Cómo cual?

– ¿Cúal no? La mayoría siempre tuvieron esa sombra de duda…

– ¿Y alguno más o se acabó la historia?

– Si, por último, estaban los premios entregados por los plebeyos. Esos convocados por la recolección de relatos de trovadores acompañadas de señoras desnudas dibujadas…

– Esto mola más…

– Eres muy pequeño para esos cuentos… Así, que sigamos porque esos premios votados por una minoría del pueblo, una minoría muy parecida entre sí, además de premiar a los mejores (para ellos) también premiaban a los peores.

– ¿Y por qué?

– Porque a la gente le gusta criticar y una humillación pública de vez en cuando para tirar tomates, lechugas y algún que otro resentimiento no está de más…

– ¿Y qué pasó?

– Qué el premiado a mejor, decidió que no iba a tolerar la humillación de un compañero que en opinión de unos era el peor…

– ¿Quién fue?

– El hace-reír nocturno… ¡Grande Buenafuente!

Cuatro es la 2


– Érase una vez que se era un país donde las historias estaban anquilosadas en los viejos cantos de trovadores cuando un nuevo castillo de bardos encontró una nueva manera de contar las historias…

– ¿Las contaban haciéndo el pino?

– Algo así. Lo hacía para aquellos que más les gustaba escuchar historias.

– Pues sería muy popular, ¿No, papá?

– Lo fue, lo fue. Lo que pasa es que la gente que más disfrutaba con las historias no era numerosa y…

– ¿Se los comió un dragón?

– Algo parecido. No eran numerosos y los comerciantes pagaban poco por anunciar sus lechugas, pescados y carros de caballos.

– ¿Y qué?

– Qué  los bardos y trovadores tienen que comer… y sin carricocheros que anuncien sus carros con fantásticas ruedas de maderas cromadas, no hay alimento.

– ¿Y se murieron de hambre?

– No. Se vendieron al rey oscuro Berlusconi, en realidad a el principe negro rosaceo, Vasile.

– ¿Qué es el negro rosáceo?

– El color de los que venden dignidades y matan verdades.

– ¿Y qué les pasó a los bardos que hacían el pino?

– Unos huyeron a lugares donde sus habilidades fueron apreciadas. Otros simplemente dejaron de cantar originales historias y se conviertieron en grises rosáceos extrañando la época en que no importaba la cantidad de oídos que escuchasen sino el espacio que había entre ellos.

-¿Y los que escuchaban siguieron con ellos?

– Algunos. Otros huyeron con los trovadores que no quisieron volverse grises.

– ¿Y qué fue del castillo?

– Empezó a ser gobernado por Vasile y mandó allí a sus trovadores gastados, historias ya contadas y reutilizó las ideas ya quemadas. Al final, el Castillo Cuatro se convirtió en la mitad de lo que era… En la 2…  (El Orfantato de Cuatro con un 5,2% vs ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? de La 2 con un 5,8) eso sí gris rosácea.

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